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Reinventar el oficio

“La lectura era un vicio profesional”
-Gabriel García Márquez

    El periodismo actual, al menos en México, está compuesto por declaraciones y por cifras frías, dos características que han desvirtuado el oficio de la información. Las notas periodísticas son pequeñas capsulas que se limitan a narrar un hecho y en el peor, son solamente una oración dicha por alguna autoridad o el número de muertos del día. Claro, podemos culpar a la tecnología, a la modernidad y a un mundo cada vez más preocupado por la inmediatez, pero es poco loable que, los supuestos intérpretes y narradores de la realidad se conformen con “pasarnos al costo” lo dicho por las fuentes oficiales. La apatía por la actualidad es un engaño de la posmodernidad, el mundo siempre ha estado y sigue ávido de información, necesitado de mediadores entre la realidad y la sociedad; una vez que estos mediadores se resignan a leer un comunicado de la presidencia y a basar en él su nota principal, todo el oficio del periodista pierde su razón de ser.

En una época tan violenta como es la que se vive en México, el periodismo cobra una importancia aún mayor, y no debe en ningún caso intimidarse ni conformarse. El hecho de que los mal llamados “líderes de opinión” digan: “Van más de 50, 000 muertos en el sexenio” no implica ninguna labor intelectual digna de ser llamada periodismo. El interpretar esta cifra y analizar las causas y consecuencias de la misma, conecta más a la audiencia con su entorno social. Los números no mienten, pero tampoco significan gran cosa. Lo verdaderamente importante radica en lo que se esconde detrás de esos muertos, cada historia, cada familia, cada vida arrebatada debe de tener un peso específico, sólo así el periodismo acerca a la sociedad a su realidad social, y al confrontar esta realidad, la ciudadanía podrá comprender y ser empática y (quizás) útil. En palabras del periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez:

Cuando leemos que hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangla Desh, el dato nos asombra pero no nos conmueve. Si leyéramos, en cambio, la tragedia de una mujer que ha quedado sola en el mundo después del maremoto y siguiéramos paso a paso la historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo que hay que saber sobre ese maremoto y todo lo que hay que saber sobre el azar y sobre las desgracias involuntarias y repentinas.  [1]

La narración debe ser un recurso para los periodistas en la actualidad, si lograran conformar una historia, y a través de ella explicar un fenómeno social, el resultado sería una mayor comprensión de la audiencia para con el hecho tratado. Y esto no es válido únicamente para el periodismo escrito. Aunque la televisión y el radio se basen en imágenes y voz respectivamente, es la forma y no el formato lo que impacta al espectador. Aunque en general no podemos permanecer indiferentes cuando observamos el lanzamiento de un misil el Libia, el impacto es mucho mayor cuando conocemos al dueño de la casa donde impactó ese misil, pues se crea inmediatamente un vínculo sentimental, la terrible sensación de: “Caray, eso podría pasarme a mí.”

El lenguaje es el vehículo mediante el cual las historias toman forma, y depende enteramente del narrador el dar credibilidad y fuerza a un suceso por medio de las palabras; por lo anterior se vuelve fundamental un uso correcto y comprensible de la redacción y la narración, así como un conocimiento extenso del tema a tratar. Lo señala el llamado mejor reportero del siglo XX, Ryszard Kapuscinski: “Personalmente creo que existe una relación entre la lectura previa y la buena escritura: para escribir una página debimos haber leído 100. Ni una menos.” [2]

La literatura brinda magníficos recursos que pueden aportar una mayor claridad al lenguaje del periodista, por esto no es de extrañar que algunos grandes narradores primero hayan sido periodistas y luego escritores. Es el caso de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Vicente Leñero o el propio Eloy Martínez. Precisamente García Márquez (premio nobel de literatura), inició una fundación para renovar el periodismo en Latinoamérica y volverlo más humano, más subjetivo y narrativo. Este esfuerzo lleva por nombre: Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). En su discurso Periodismo, el mejor oficio del mundo, donde sienta las bases de la FNPI, García Márquez menciona: “El sustento vital del periodismo es la creatividad, y por tanto requiere por lo menos una valoración semejante a la de los artistas”[3]

El periodismo es una actividad sin bases teóricas, nace de la práctica y la necesidad de información, sin embargo lleva en sí mismo la causa de su mal, pues al nutrirse de la actualidad rápidamente da paso a eventos más recientes, dejando muchas veces inconclusos temas de gran importancia. Como lo indica el mismo Kapuscinski en La guerra del futbol: “Nuestra profesión recuerda el trabajo del panadero: sus bollos conservan el sabor mientras están calientes y recién hechos; a los dos días, se vuelven duros como una pierda, y a la semana cuando se cubren de moho, ya no sirven sino para ser arrojados al basurero.” [4] Pero los textos periodísticos pueden fungir como una denuncia, como un documento de memoria, en el cual se asiente no solamente un relato o una crónica, sino un análisis del evento narrado y de la importancia del mismo. Este tipo de literatura puede llegar a tener un valor académico, pues sin las ataduras de una disciplina formal, el periodista se convierte testigo y rapsoda de la actualidad y el pasado.

Gabriel García Márquez. Obtenida de: biografiasyvidas.com


[1] Eloy Martínez T. Periodismo y narración. 26/10/2011.

[2] Kapuscinski R. Los cinco sentidos del periodista. México. 2003.

[3] García Márquez G. Yo no vine a decir un discurso. Literatura Mondadori. México 2010.

[4] Kapuscinski R. La guerra del fútbol. Barcelona 2008.

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Una catedral monumental

Muchas veces las grandes obras literarias nos exigen un gran esfuerzo intelectual y mental superlativo. Pueden ser aquellas novelas de las que no nos interesa mucho saber el final, sino que cada párrafo, cada capítulo, nos significa un enorme gozo y un estímulo emotivo y psicológico; sin dejar, claro, de sentirnos atraídos por la historia y sus consecuencias. Algunas de las novelas de Mario Vargas Llosa entran sin duda en este tipo de libros. Sagaces, interesantes, difíciles y con un derroche de estilo y poder narrativo impresionante. Esta vez quisiera destacar (sin conocer aún toda su obra) una novela magnífica e intensa, se trata de Conversación en La Catedral. 

En esta novela, Vargas Llosa nos mete de lleno en el Perú de finales de los años 40’s y principios de los 50’s a través de la vida de numerosos personajes memorables, que viven en un país gobernado por militares, donde el bien común va de la mano con la represión y la alienación política. Gracias a sus acciones, pleitos, negocios y decisiones, vemos como cada vez tienden más a la resignación de tener una vida impuesta y fuera de su control.

Una plática entre dos viejos conocidos nos va revelando, con el pasar de las copas, la vida que han llevado y a las personas que formaron parte de las mismas, cada una, desde luego, con una historia propia.

Dentro de los personajes que van contando y desgranando su historia a tiempos perdidos encontramos a la familia Zavala, del barrio burgués de Miraflores, a Ambrosio y Amalia, una pareja de sirvientes, a Hortensia “la musa”, una cantante y vedette en debacle e incluso al ministro de gobierno durante varios años de la dictadura militar en Perú: Cayo Bermúdez.

Aunque la novela retrata con gran precisión cómo se vivía durante el ochenio del general Odría, y por tanto tiene tintes sumamente políticos y críticos, es por otra parte una historia sumamente humana, donde cada personaje tiene un peso específico, y nos vamos dando cuenta cómo tienden a la tristeza y muchas veces al sinsentido, tan común en nosotros que nos olvidamos de expresarlo en la literatura. A veces no conocemos nuestros motivos o razones, actuamos y a veces no tenemos campo para movernos… A veces no nos queda más que irnos muriendo de a poco.

Conversación en La Catedral es un libro largo, si bien está contado con una prosa muy ágil, la estructura lo vuelve complicado, y se requiere de paciencia para disfrutar y unir las múltiples temporalidades que pueden ocurrir en tan sólo dos líneas.  Entre sus defectos podemos contar que parece que no acaba de cerrar completamente las historias, y el hilo conductor se puede ir perdiendo a lo largo de las páginas. Sin embargo es una excelente novela tanto en forma como en fondo. La historia y la técnica se unen para dar lugar a un libro si bien complejo también de una enorme calidad. Una novela que siempre se puede recordar con satisfacción y dificilmente se podrá olvidar.

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Aquellas pequeñas ventanas

Obtenida de: Mercadolibre.com

Se podría afirmar, que la libertad de expresión es uno de los temas que más preocupan a la actual sociedad mexicana; ésta vive (y padece) de una extraña mezcla de opiniones divergentes con respecto a uno de los más fundamentales derechos del hombre: El de decir lo que se debe, se tiene, o se quiere decir.

Y en esta mescolanza de opiniones se alzan voces diversas, algunas esquizofrénicas, que ven en todas parte y en todos los medios una sesgo gubernamental aplastante, otras con tonos de reproche a las generaciones más recientes: “Hubieran vivido la época del PRI, aquello sí era censura”, están también aquellas más ecuánimes, sobretodo de periodistas más jóvenes o que han vivido la etapa de la transición: “Actualmente no hemos vivido ningún caso de censura flagrante”.

Sin embargo, si quisiéramos empaparnos un poco de la historia de la libertad de expresión, más específicamente acerca de la libertad de prensa en México, convendría acercarse al libro Los periodistas del novelista, dramaturgo y académico Vicente Leñero.

Leñero narra en esta obra, escrita en 1978, la anécdota real, de uno de los periodos más turbulentos en la historia del periodismo en México: La destitución de los principales dirigentes del periódico Excélsior durante los últimos años del gobierno de Luis Echeverría.

Teniendo al director del periódico, Julio Scherer como protagonista, Vicente Leñero describe los pleitos legales, políticos e incluso físicos, que vivieron Scherer y su círculo más cercano de colaboradores, mientras veían como se les iba de las manos la dirección, del único periódico libre de compromisos de la vida pública del país.

El periódico Excélsior era famoso, desde finales de los años sesenta; por tener una línea editorial firme y desinteresada, que denunciaba los agravios y errores de los políticos más importantes de la nación; además de contar entre sus principales articulistas o editorialistas, a vacas sagradas del periodismo y la intelectualidad mexicana de aquellos años, gente de la talla de: Miguel Ángel Granados Chapa, Ángeles Mastretta, Jorge Ibargüengoitia, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, o el propio Leñero solían publicar en el diario o en sus suplementos culturales.

La novela cuenta con gran acierto, las tretas políticas de las que se valieron los enemigos ocultos del periódico para generar intrigas, que permitieran la destitución, casi por la fuerza, de Julio Scherer y sus allegados, callando así las únicas voces autónomas de un régimen totalitario; relata también el nacimiento de uno de los semanarios políticos más importantes actualmente: La revista Proceso.

Utilizando distintas voces narrativas (incluso una mini guión teatral) Leñero transporta al lector, a un mundo real de censura y lucha, de libertad y poder, que existió hace varios años en México, una realidad que dota a la frase libertad de expresión de connotaciones diversas. Una novela que denuncia y señala con nombres, fechas y hechos; mientras nos acerca a aquellas pequeñas ventanas de libertad que tanto trabajo ha costado abrir, y sería conveniente preguntar, si se están o las estamos cerrando actualmente.

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Como cada año…

Hoy la Ciudad de México fue testigo de uno de esos eventos que sólo ocurren una vez al año, y no, me veré amargado y no hablaré para nada de los Premios Oscar, ustedes disculparán, me refiero a la enorme cantidad de jóvenes y otros ya no tan jóvenes que se desplazaron, desde distintos estados de la República Mexicana o de diversos sectores del D.Fectuoso para acudir al examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México… La UNAM para mayores referencias.

Y entre las grandes filas de gente y los padres esperando a sus hijos, y los conductores desesperados, etc. No pude menos que notar la gran falta de organización que aqueja a nuestra querida ciudad.

Los reclamos anuales contra la UNAM ya vendrán después, que si no hay plazas, que si es al azar, que si los de las prepas públicas ocupan lugares de otros que si quieren estudiar… en fin, quejas válidas pero que en su momento deben ser matizadas.

Sin embargo debo insistir en lo que encontré más sorprendente. Tomando en cuenta los miles y miles de alumnos que se desplazaron hoy en día a diferentes horas por todo el Distrito Federal, tomando en cuenta que no es un Domingo de tráfico normal y que muchísimos jóvenes de provincia apenas tienen tiempo o recursos para poder venir a hacer el examen. ¿No sería posible sólo por una vez en TODO el año que el gobierno de Distrito Federal diera prioridad y fluidez a la circulación vehicular?

Ni siquiera pretendo alzar la voz o la pluma contra el indignante tráfico de la capital, el cual hacemos y sufrimos todos; cada uno de nosotros contribuye un poco a ese tráfico acentuado por las pésimas planeaciones viales. Pero me parece un desacierto total que en un día donde tantas familias angustiadas por llegar a tiempo a las sedes de los exámenes, no se pueda hacer algo por aminorar la carga vehicular en algunas de las principales arterias del país.

Es decir, las bicicletas por el centro o por cualquier parte de la ciudad son una excelente idea, parte de una cultura que espero poco a poco vayamos aprendiendo. Pero estoy casi seguro que hubiera sido de gran ayuda que hoy se hubiera suspendido este programa. Así como los diferentes maratones, eventos, manifestaciones, etc. Que involucraran cerrar calles o avenidas principales (Como fue el caso de Churubusco)

Vamos que no es tan difícil, es un día al año, es sólo sacrificar un Domingo en pro de todas aquellas familias que lo único que desean es acompañar o sólo ir y dejar a su hijo en una universidad donde hará su examen para la educación superior.

Y aunque estoy seguro que muchos de los aspirantes se trasladaron en transporte público, creo que hay un número significativo de vehículos que buscan llegar a tiempo a su destino en este particular Domingo de febrero.

Ojalá que con el tiempo nuestra cultura vial incremente y se forje al grado, de que las autoridades no tengan que intervenir para asegurar una circulación rápida y segura. Pero por mientras, sería importante tomar en cuenta que como cada año, hoy no fue un domingo cualquiera, y se debe pensar por adelantado, en estos espinosos días de complicaciones al volante.

JP

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“Libertas virorum fortium pectora acuit”

La cita es de la película “La lengua de las mariposas”  (España, 1999) y significa “La libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes”. En esta ocasión el post será un poco más político y su escritura será para mí un poco más ácida; para no perder la costumbre me basaré en una pregunta que ha rondado en mi mente las últimas horas, sin embargo, estoy seguro que más de uno se lo ha preguntado en los últimos años y es, sin temor a equivocarme, una duda que ha estado presente desde hace tiempo en la mente colectiva… ¿Qué es la libertad de expresión?

No cabe duda que vivimos en un mundo generado por y generador de comunicación, y por lo tanto de distintas formas, medios y variantes de expresión, algunas son masivas, otras locales y algunas, son simplemente personales. El poder de la palabra ha sido y seguirá siendo un arma de alto calibre en manos de quien sepa usarla, por eso me gustaría preguntar ¿Sabemos hacer uso correcto de nuestra libertad de expresión? ¿Realmente somos tan libres como algunos pensamos? ¿O estamos tan reprimidos como otros nos quisieran hacer creer? Qué comience el debate interno.

A veces la gente piensa y opina (por qué es libre de hacerlo) que la libertad de expresión consiste en poder burlarse de cualquiera, en tener el poder de emitir una opinión por más tendenciosa, irrespetuosa y carente de fundamento que ésta sea, con el lenguaje que mejor le parezca. Pa’ pronto, mucha gente cree que como ahora uno puede mentarle la madre al presidente vía Twitter, o podemos conocer las cifras “reales” de la lucha contra el narcotráfico, o cualquier payaso disfrazado de periodista puede decir lo que le venga en gana… ya somos libres.

Por una parte es innegable que antes era imposible desafiar o siquiera criticar a un poder como el gobierno, y sin duda el gran avance tecnológico es un factor de gran ayuda, mas la libertad no se gana con tecnología (Pregúntenle a los ciudadanos chinos) y ni siquiera un medio relativamente libre como el internet nos asegura poseer una libertad de expresión auténtica, simplemente por un hecho presente en la historia de la humanidad: Las ideas son poderosas y peligrosas.

No nos dejemos llevar por los numerosos noticieros, periodistas, opiniones, shows, etc. Que podamos encontrar en los medios masivos de comunicación, no somos libres por una sencilla razón: Cada vez nos importa menos el mundo. Y en este sentido el ser humano funciona en sentido inverso a la tecnología. Pues si bien el internet es un foro infinito de pro-sumidores (productores + consumidores) de contenido, cada vez nos interesa menos discutir del mundo, cada día creemos en lo que se nos dice sin chistar, o en el mejor de los casos, ejercemos esa supuesta garantía de expresión diciendo: “En otros tiempos, desaparecían periodistas por decir eso, ahora ya no”…valiente consuelo, claro, el gobierno ya no desaparece periodistas pero sí pueden matar a una activista política afuera del Palacio de Gobierno en Chihuahua. ¿Cómo ejercimos ese día nuestra libertad de expresión? “Twitteando” lo siguiente: Repudio al asesinato de Marisela Escobedo. A menos de un mes ¿Quién se acuerda?

No cabe duda que nadie quiere regresar a las épocas de cortes de transmisiones a medio programa, o desaparición de figuras publicas, a cuando Jacobo Zabludovsky recibía un fax con las noticias que podía anunciar. Sin embargo no creamos que han cambiado mucho las cosas, no caigamos en el tedioso pensamiento de que, porque Carlos Loret de Mola trata de “encajonar” y humillar a sus entrevistados estamos viviendo una época de apertura mediática y expresiva: No es cierto.

La libertad de expresión es tener una idea y poder llevarla a cabo, es poder defender una opinión en cualquier círculo o medio, es no tenerle miedo a las palabras: Asesinato, poder, gobernador, narcotraficante… Pero no tenerles miedo no significa tener que publicar diariamente la versión más amarga posible de una noticia. Sino poder analizar que se esconde detrás de esas palabras, libertad de expresión no es: Matan a diez en Ciudad Juárez. Libertad de expresión sería un reportaje de los sospechosos, los móviles, las circunstancias ¿Quién está dispuesto a jugarse la vida por este tipo de informes?… Cuando la respuesta sea: No es necesario arriesgar la vida. Creo que seremos realmente libres.

Creo que una de las razones que me llevó a comenzar este post es el tema de las votaciones, la última vez que hubo elecciones, se hizo famosa una campaña anti- voto en blanco. “Si no votas, cállate” Yo quiero preguntar ¿Por qué me voy a callar? ¿Por creer que ninguno de los candidatos ni partidos es lo que mi país necesita? ¿Por querer algo mejor? Es decir muchos ven las votaciones como una elección entre Guate-mala y Guate-peor. ¿Por qué no expresar nuestro repudio ante un sistema corrupto por medio del voto en blanco? Mejor aún, ¿Por qué no buscar más formas de expresarlo? Y claro lo ideal sería HACER algo para cambiarlo, pues de nada sirve nuestra libertad de expresión si nuestro derecho de actuar, pero en un país donde ya es difícil hablar, es aún más difícil actuar, vayamos paso a paso: Pensemos, expresemos, hagamos.

Creo que el periodismo se ha vuelto amarillista, los contenidos televisivos: imbéciles, salvo por algunos esfuerzos notables. La política deleznable y nuestra mente ociosa. Espero no haber abusado de mi derecho de escribir lo que se me de la gana en este blog para expresar ideas poco coherentes, poco fundamentadas o incluso de materias que no conozco a fondo. Sin embargo creo estar intentando ejercer mi derecho de, con palabras sinceras, mover un par de conciencias, o al menos, tratar de movilizar la mía. Me quedo con una frase que aparece en el discurso “El periodismo, el mejor oficio del mundo” de Gabriel García Márquez. Al ser preguntados sobre por qué estudian periodismo o comunicación un alumno respondió: Por qué mi deseo por informar, es mayor que mi deseo de ser informado. Meditemos juntos.

 

 

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El dilema Nobel

En cierta ocasión leí un comentario acerca de algunas sospechas (poco fundadas tal vez…) de que lo miembros de la academia sueca, que se encarga de juzgar a los candidatos y entregar los premios Nobel, no supieran leer. Temor que he compartido desde hace algunos años que descubrí, entre las páginas de un laberinto de senderos que se bifurcan, al gran escritor argentino Jorge Luis Borges.

Y desde que me enteré que Borges jamás recibió el tan polémico premio Nobel de literatura me he dedicado a reflexionar un poco acerca de la importancia que la sociedad le da al galardón y la poca credibilidad que éste aún mantiene.

Hace mucho tiempo realmente creía que el Nobel era EL premio… el reconocimiento más grande y me atrevo a decir casi sagrado que podía recibir un hombre que hubiera hecho un avance sin precedentes en alguna de las múltiples áreas del saber humano, pensaba que era un reconocimiento no sólo a la constancia o al esfuerzo sino al talento puro y enfocado hacia el bien, hoy me he dado cuenta que, a pesar de su gran valor simbólico, muchas veces funciona solamente como parte del curriculum político.

Y no mencionaré el Premio Nobel de la Paz como ejemplo, pues sería meterme en camisa de once varas, pero me queda claro que el presidente de los Estados Unidos: Barrack Obama, no ha hecho más que cumplir con su deber al retirar las tropas americanas del Medio Oriente, el Nobel que le otorgaron fue una burla para todos los que creíamos o queríamos creer en la academia.

Prefiero centrarme en la polémica que ha rodeado desde hace ya tiempo al Nobel de Literatura; especialmente en el caso Jorge Luis Borges, pues la reciente obtención del premio de Mario Vargas Llosa, ha puesto de nuevo el dedo en la llaga.

Borges nunca fue un gran creyente, pero estaba seguro de ser un gran escritor, y es considerado por muchos uno de los fundamentales de la literatura en castellano junto con Cervantes y Neruda. En alguna ocasión, el poeta y cuentista argentino comentó; que le gustaría ganar el Nobel para al menos quitarse la etiqueta de eterno candidato. Y es que es cierto, durante largos años, Jorge Luis Borges ganó todo lo posible, recibió todos los reconocimientos, premios, doctorados honoris causa, posibles… sin embargo el gran botín, el reconocimiento máximo, el premio de los premios… nunca llegó.

Hay quienes ven en esta negativa del premio una venganza política contra en duro ultra-derechismo y militarismo del argentino, razones humanísticamente válidas;  pero solamente. Estando cerca de su muerte, Borges admitió haberse equivocado y con esa sonrisa de niño que siempre tuvo, descargó un poco su culpa recalcando su imposibilidad de leer diarios… yo sé que esto lo exime, al haber sido una figura popular e intelectual, Borges debió ser más consciente del mundo en que vivía y enterarse de la actualidad que rodeaba su país, sin embargo como alguna vez lo expuse frente a mi salón: Puede que Borges haya sido el menos argentino de todos los argentinos; él solía decir: “Mi patria es la literatura” … y no me cabe duda que la academia sueca debió haberle dado el premio, puesto que la literatura no sólo era su patria, era su reinado, su refugio y su refugiado.

Jorge Luis Borges fue un revolucionario de la lengua, sin él, es imposible concebir la narrativa en castellano del siglo XX. si el premio Nobel verdaderamente fuera un reconocimiento al talento y el esfuerzo, si como dicen sus estatutos se le otorgará a aquel que haya concebido la obra literaria encarrilada hacia el rumbo correcto más sorprendente y revolucionaria, no hay nadie ni ha habido nadie más merecedor del premio que Borges.

Sin él los premios de Garcia Márquez, Vargas Llosa, Octavio Paz, etc… se ven sin fundamento. Esperemos que algún día el premio Nobel sea de nuevo un reconocimiento que se gane por puro merecimiento, sin vicios y discusiones políticos que lo empañen. Mientras tanto no me queda más que felicitar al gran escritor Mario Vargas Llosa por su reciente reconocimiento, también más que merecido. Él mismo lo señaló: “¿A quién le otorgaría usted el premio si pudiera?”, con una afirmación categórica: a Jorge Luis Borges.”

Foto obtenida de: http://www.cromos.com.co

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Moraleja sin cuento

Hace algún tiempo me encontraba yo entre los alumnos de una clase de Pensamiento Social y Panorama; impartida por el entonces célebre doctor Jesús Tablada Márquez, famoso activista político, preso político, teórico político y además de todo… político.

Resulta que aquella tarde de Noviembre discutíamos distintos problemas de la sociedad mexicana urbana, concentrándonos especialmente en la utilidad de las manifestaciones, el comportamiento estructural de las huelgas y el arte como medio de protesta ciudadana. Uno de los puntos cruciales en los que derivó de la disertación fue que el mexicano no hace si otro no lo hace primero y que el sustento y la consecuencia de toda protesta es el caos.

En algún momento que nadie ha sabido determinar aún, un compañero de la clase dijo: “Profesor, creo que es inútil proseguir, todos sabemos que está mal que los pobres sean pobres, que los ricos sean cada vez más ricos, que la clase política con sus notables excepciones (salida digna de un  senador) sea cada vez más pueril… los problemas están a la vista de todos y los cantos de lucha contra el sistema no ayudan a solucionarlos”

Con la mirada de un cazador encandilado por una hermosa ave el doctor contestó a su rebelde pupilo: ” Y usted ¿Qué ha hecho?” Causa de la sorpresa mi compañero sólo logró balbucear algunas palabras incoherentes para rematar con un: “¿Qué he hecho de qué?” A lo que Tablada M., prosiguió a responder: “Sí, ¿Usted que ha hecho por los pobres que son cada vez más pobres, o contra esos ricos de los que se queja? ¿Qué acciones ha llevado a cabo? ¿Qué campañas ha realizado? ¿Cómo combate la injusticia que está a la vista de todos? Pues si bien el problema está a la vista de todos, la solución está en la boca de cada uno, es sólo que no nos atrevemos a pronunciarla, no queremos renunciar a nuestra vida cómoda y nuestra indecente rutina, nos gusta creernos libre pensadores, trabajadores e intelectuales cuando no somos más que el residuo putrefacto de las divisiones sociales; nos gusta estar arriba de algunos a los que compadecer, pero abajo de otros a los que criticar, no has tenido nunca la necesidad de emprender nada ni de protestar por nada ¿Cómo piensas comprender la carencia y el poder si nunca los has tenido?”

Y era cierto nunca había hecho nada, ni mi compañero de clase Alan Moreno y tampoco ninguno de los otros que estaban sentados en aquel salón. Pensándolo bien debería de incluirme, jamás he hecho algo por acabar con la mediocridad de este país… mi país; aunque seguramente el “filoso” Jesús Tablada tampoco, sólo le gusta criticarnos y hablar ¿Por qué voy a empezar yo a moverme si él no lo hace?

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