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Que no se acaben los lectores…

En la película Medianoche en París un joven Hemingway le espeta al actor Owen Wilson que un libro honesto es un buen libro. “No hay nada lindo en morir en el lodo, a menos que se muera con gracia”. Quizás haga falta aplicar este tipo de aforismos a la narrativa mexicana de años recientes, se necesitan libros sinceros, francos; novelas en las que el escritor no rodee y vaya al grano, historias en las que se demuestre y se justifique una frase tan trillada como: Poder narrativo.
Afortunadamente existen escritores como David Toscana y novelas como El último lector, publicada en 2010 por Alfaguara. En ella, se narra la historia de la sequía que acosa al pueblo de Icamole y la aparición del cadáver de una niña en el pozo de Remigio, el patético coprotagonista de la novela. Remigio, aunque inocente, decide esconder el cadáver de la pequeña, para lo cual pide ayuda a su padre Lucio, bibliotecario y único lector de todo Icamole.
La trama va discurriendo entre judiciales corruptos, una madre resignada por la muerte de su hija y falsos culpables del asesinato de Babbette (como bautiza Lucio a la niña). También se nos va revelando la historia de Icamole, un pueblo árido e ignorante que tiempo atrás había sido escenario de grandes batallas. Sin embargo, lo verdaderamente atractivo de la novela radica en la vida de Lucio y su gran pasión: La buena literatura.
En su biblioteca, Lucio tiene un cuarto reservado a libros censurados, la clase de libros que uno puede encontrar en la mesa de novedades del Sanborns. Historias cándidas, novelas que mancillan el lenguaje por la torpeza de sus autores, diálogos inservibles y personajes mal construidos se alojan en aquel cuarto maldito oculto en la biblioteca municipal de un pueblo donde nadie lee. Toscana aprovecha a su personaje para imponer, sin ninguna concesión, sus opiniones sobre literatura: Critica a los cursis, a los superfluos, a los obsesionados con poner la marca de la ropa que usan o del vino que beben sus personajes, a aquellos incapaces de escribir toda una novela sin usar el guión largo o sin repetir él dijo, dijo él, exclamó él, él exclamó… E incluso a “todos esos hijos de la gran puta que predican que Latinoamérica ya no da para las letras si no se le disfraza de gringuez.”
Así, David Toscana nos ofrece una obra cínica, concreta, poderosa. Sus oraciones enuncian con gran fuerza y claridad al grado de lograr que con el paso de las páginas, nos olvidemos de ese cuerpo enterrado bajo un árbol de aguacates, pues según Lucio, en la literatura descubrir al asesino no es lo más importante.
Aunque no alcanza la complejidad de El ejercito iluminado y en algún momento puede tornarse ligeramente panfletaria, El último lector es una gran novela que se va disfrutando en distintos planos, tanto por la historia como por el lenguaje, e incluso sólo por escuchar a Lucio despotricar contra ciertos escritores, las más de las veces por todo el conjunto. Además, demuestra que se puede escribir una novela universal situada en un remoto pueblo del norte del país, sin más artificios que la buena narrativa, sin necesidad de anunciar que se quiere cambiar la percepción literaria de América Latina en el mundo, sin ser parte de ningún reputado grupo más que de esa atomizada y mal nombrada quimera que son “los escritores del norte”.
Probablemente si Toscana hubiera esperado dos años para escribir esta novela, hubiera también criticado a los escritores seudo-intelectuales que discuten si la palabra plagio existe o no en ese monstruo que es la RAE. En fin, poco importa, pues en palabras de Lucio: “Nunca sabrá nada de eso porque escribir no es vivir, porque leer tampoco lo es.”

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Un post que llega tarde

Obtenida de: swotti.com

Gabriel García Márquez ha sido un nombre que, en mi imaginario literario, me ha acompañado desde siempre. No es mi autor favorito, tampoco le guardo la gran veneración que muchos “fans” le profesan, me parece un gran escritor y narrador al que he ido descubriendo poco a poco, pero desde que tengo memoria lectora (es decir, desde que leí Harry Potter), un libro había estado rondando en mi cabeza, como una de esas molestas moscas que no lo dejan a uno en paz: Cien años de soledad. El libro favorito de mi madre. El libro que la primera vez que intenté leerlo, a eso de los 11 años me pareció de lo más incomprensible. Recuerdo haber preguntado con harta preocupación “¿¡Pero por qué revive Melquiades?!” y eso que era apenas la primera vez que el sabio gitano volvía del inframundo. Ese fue el primer intento. Menos de 50 páginas.

Algunas veces más trataría de leerlo con resultados semejantes, sin embargo, con el pasar de otro tipo de lecturas fui comprendiendo un poco más acerca del libro. El problema con Cien años de soledad es que es tan imponente e importante, que cuando a uno le interesa es difícil no enterarse de la vida del autor, la relación Macondo-Aracataca, lo que es y no es el realismo mágico y el boom, entre otras cosas.

A los 13 años leí Crónica de una muerte anunciada, en un solo día por cierto… el día de mi cumpleaños. En fin, alrededor de los 15 llegó el turno de El amor en los tiempos del cólera, y le seguiría Memorias de mis putas tristes.  Entre los 17 y 18 años tocó La hojarasca. Y entre tanto el infame Cien años… continuaba añejándose. A la par fui descubriendo a Borges (que tiene su propia historia), Cortázar, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, pero esa novela un poco desbaratada con las pastas amarillas se me seguía resistiendo.

Hace aproximadamente dos años estuve sumamente cerca de conseguir mi objetivo, de saldar mi más antigua deuda literaria, alrededor de 90 páginas me separaron del punto final. Ya para ese entonces podía recitar de memoria el inicio (“Muchos años más tarde…”) y la conclusión (“Las estirpes condenadas”) del libro, pues mi curiosidad infantil me había hecho ver las últimas líneas de la novela aún sin comprender nada. En ese último intento fui auxiliado por la edición conmemorativa de la Academia de la Lengua Española, y el árbol genealógico que incluye. Por motivos que no entiendo, una vez más no terminé de leerla. Ese año, incluso resolvi un examen acerca de la novela en el que obtuve el 10… sin haberla concluido desde luego.

Finalmente, para coronar un año de muchas lecturas, me decidí a leerla por completo. El razonamiento principal fue: “Ya me eché Conversación en la catedral (una obra monumental de Vargas Llosa) no puede ser que no pueda aún con Cien años…” Tardé alrededor de cinco días (vacaciones), y fue la edición de Editorial Diana, la de pastas amarillas, la que no trae árbol genealógico atrás. Cuando llegué a la última página, en el momento en que Aureliano Babilonia está descifrando los manuscritos centenarios, yo temblaba de emoción. Lo había conseguido, por fin.

De poco sirve tratar de contar la historia, confirmo que García Márquez no es mi autor favorito pero su poder narrativo es increíble. Pocas novelas alcanzan a la vez tal profundidad en los personajes y una amplitud de la historia tan imponente. La gestación y desaparición de una estirpe, de un pueblo, de todos sus habitantes en una muerte física y mental. Las supersticiones, los amoríos, la infame compañía bananera (que tanto mal ha causado a América Latina), los gringos, los nativos, los gitanos, los vivos, los muertos… Todo en una novela que uno se va bebiendo de a poco.

Se cierra tan solo un capítulo más de mi propia novela, en la que el antagonista es Gabo y su novela maldita, la he regresado al librero con la seguridad de que, al re-leerlo, descubra aún más historias y significados. Pues como indica Calvino: “Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento.”

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Una catedral monumental

Muchas veces las grandes obras literarias nos exigen un gran esfuerzo intelectual y mental superlativo. Pueden ser aquellas novelas de las que no nos interesa mucho saber el final, sino que cada párrafo, cada capítulo, nos significa un enorme gozo y un estímulo emotivo y psicológico; sin dejar, claro, de sentirnos atraídos por la historia y sus consecuencias. Algunas de las novelas de Mario Vargas Llosa entran sin duda en este tipo de libros. Sagaces, interesantes, difíciles y con un derroche de estilo y poder narrativo impresionante. Esta vez quisiera destacar (sin conocer aún toda su obra) una novela magnífica e intensa, se trata de Conversación en La Catedral. 

En esta novela, Vargas Llosa nos mete de lleno en el Perú de finales de los años 40’s y principios de los 50’s a través de la vida de numerosos personajes memorables, que viven en un país gobernado por militares, donde el bien común va de la mano con la represión y la alienación política. Gracias a sus acciones, pleitos, negocios y decisiones, vemos como cada vez tienden más a la resignación de tener una vida impuesta y fuera de su control.

Una plática entre dos viejos conocidos nos va revelando, con el pasar de las copas, la vida que han llevado y a las personas que formaron parte de las mismas, cada una, desde luego, con una historia propia.

Dentro de los personajes que van contando y desgranando su historia a tiempos perdidos encontramos a la familia Zavala, del barrio burgués de Miraflores, a Ambrosio y Amalia, una pareja de sirvientes, a Hortensia “la musa”, una cantante y vedette en debacle e incluso al ministro de gobierno durante varios años de la dictadura militar en Perú: Cayo Bermúdez.

Aunque la novela retrata con gran precisión cómo se vivía durante el ochenio del general Odría, y por tanto tiene tintes sumamente políticos y críticos, es por otra parte una historia sumamente humana, donde cada personaje tiene un peso específico, y nos vamos dando cuenta cómo tienden a la tristeza y muchas veces al sinsentido, tan común en nosotros que nos olvidamos de expresarlo en la literatura. A veces no conocemos nuestros motivos o razones, actuamos y a veces no tenemos campo para movernos… A veces no nos queda más que irnos muriendo de a poco.

Conversación en La Catedral es un libro largo, si bien está contado con una prosa muy ágil, la estructura lo vuelve complicado, y se requiere de paciencia para disfrutar y unir las múltiples temporalidades que pueden ocurrir en tan sólo dos líneas.  Entre sus defectos podemos contar que parece que no acaba de cerrar completamente las historias, y el hilo conductor se puede ir perdiendo a lo largo de las páginas. Sin embargo es una excelente novela tanto en forma como en fondo. La historia y la técnica se unen para dar lugar a un libro si bien complejo también de una enorme calidad. Una novela que siempre se puede recordar con satisfacción y dificilmente se podrá olvidar.

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El soñador soñado

Resumen de la conferencia La pesadilla de Jorge Luis Borges

En el año de mil novecientos setenta y siete  el escritor argentino Jorge Luis Borges compartió parte de sus profundos conocimientos en distintas ramas de la literatura, la vida y las creencias del hombre, en el teatro Coliseo de Buenos Aires. Frente a un público maravillado de poder escuchar al cuentista y poeta de setenta y ocho años, Borges ofreció siete conferencias que fueron grabadas y la última titulada La ceguera, incluso fue filmada. Los textos de las mismas están recopilados en el libro Siete Noches.

Una de estas conferencias realizadas entre los meses de junio y agosto llevó por nombre: La pesadilla. En ella, Jorge Luis Borges ahonda en la significación de la palabra y en los contextos en los que las pesadillas se desarrollan, pasando desde el ámbito psicológico hasta literario.

Borges comienza la conferencia hablando de los sueños, pues en su opinión “Los sueños son el género, la pesadilla, la especie” y comenta acerca de sus curiosas indagaciones en libros de psicología para tratar de comprender más este fenómeno. El célebre cuentista argentino admite estar en desacuerdo con la mayoría de los psicólogos que afirman que el sueño es la parte de más baja actividad mental; Borges cree que en realidad la capacidad cerebral para crear situaciones sorprendentes y sumamente detalladas, que a su vez hagan sentido en la mente del soñador a pesar de las incoherencias presentes en el sueño, es clara prueba de la alta actividad de la mente (Borges le llama alma) humana durante el mismo.

El escritor también opina que en realidad los sueños son un acto de estetización, pues cuando soñamos, somos actores, directores y espectadores… dioses de nuestra propia eternidad temporal; y que la fantasía y estetización continúa aún al despertar, pues la costumbre narrativa del hombre lo lleva a proponer una historia para su sueño cuando en realidad no existe. Todo lo soñado no son más que imágenes independientes. Borges lo ejemplifica de la siguiente manera: “Vamos a suponer que yo sueño con un hombre, simplemente la imagen de un hombre (se trata de un sueño muy pobre) y luego, inmediatamente sueño la imagen de un árbol. Al despertarme puedo dar a ese sueño una complejidad que no le pertenece: puedo pensar que he soñado un hombre que se convierte en árbol, que era un árbol. Modifico los hechos, ya estoy fabulando”.  (Borges, 38)

En cuanto al significado de la palabra “Pesadilla”, Jorge Luis Borges retoma los idiomas inglés, alemán, francés y español para ofrecer una definición más bien mística, pues en la mayoría de las culturas se piensa (al menos etimológicamente hablando) que un espíritu o demonio es el causante del malestar en los sueños y provoca las pesadillas que nos acompañan en innumerables noches durante nuestra vida.

Borges prosigue ejemplificando distintas pesadillas y sueños en la literatura a la par que expone desde su experiencia personal; contando que existe la posibilidad de una confusión entre vigilia y sueño en culturas salvajes y también en los niños pequeños, como es el caso de un sobrino que él tenía.

Así que retomando las palabras de grandes autores de la literatura y su propia opinión Borges formula que la realidad puede ser inestable y cuestionable. “¿He soñado mi vida o fue un sueño?” cita Borges  al poeta austriaco Walter von der Vogelweide o al mismo Pedro Calderón de la Barca: “La vida es sueño” e incluso Shakespeare “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, para hacer aún más confusa la línea entre lo real y lo soñado.

También nos cuenta que en ocasiones, el sueño más simple puede tornarse terrorífico al no tener explicación. Existen en el mundo cosas que comprendemos, las cuales pueden ser terroríficas mas nunca nos generan aquel sentimiento de irrealidad y pesadilla que nos confieren las situaciones inexplicables y sin sentido en las que a veces nos vemos inmersos al soñar. Éste es el verdadero carácter de una pesadilla, no visitar los tortuosos nueve círculos del infierno, sino acudir al castillo donde las grandes mentes sin bautizar tienen que morar por toda la eternidad, ejemplo que retoma Borges de una “pesadilla real” de Dante Alighieri:

“Allí están las grandes sombras de los paganos, de los musulmanes también, todos hablan lenta y suavemente, tiene rostros de gran autoridad, pero están privados de Dios. Así está la ausencia de Dios, ellos saben que están a ese eterno castillo, a ese castillo eterno y decoroso, pero terrible” (Borges, 50)

Parte de este terror inexplicable e inexplicado de las pesadillas son las sensaciones. En las pesadillas “Lo importante, como Coleridge descubrió, es la impresión que producen los sueños. Las imágenes son lo de menos, son efectos”. (Borges, 45). Borges nos describe distintas pesadillas donde los sentimientos de angustia, de infinitud, de soledad son los más abrumadores. Pesadillas en dónde no es necesaria la sangre o la tortura para hacernos querer despertar. Pesadillas de infinitos, de desesperación y sin salida.

Jorge Luis Borges recuerda que sus pesadillas siempre versan sobre laberintos y espejos, principalmente con una imagen del laberinto del Minotauro que vio de niño; en ella, casi se podía observar al monstruo con cabeza de toro a través de las fracturas en las paredes de la laberíntica construcción. También mantiene que en sus pesadillas se adivina una geografía perfecta, un bizarro sistema de localización; así, Borges puede soñarse en medio de una selva y reconocer con precisión las calles y esquinas de Buenos Aires.

En sus conclusiones finales, Borges señala que el sueño es la expresión estética más antigua que toma una forma “extrañamente dramática”. A su vez, el escritor argentino sintetiza que: Las pesadillas tienen un sabor distinto a todo lo existente, ese horror sobrenatural e inexplicable; pues puede que las pesadillas sean pequeñas rendijas en el laberinto de la realidad, a través de las cuales observamos el infierno.

Bibliografía:

Borges, Jorge Luis. Siete noches. México: Fondo de Cultura Económica, 1980.

 

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La virgen de los erizos

Sagrada señora de poderosas espinas, ama de las profundidades del alma y el cuerpo, reina milagrosa de los caparazones sin vida que pueblan tus tenebrosos dominios; concédenos la luz de tus ojos sin pupilas, tus brazos sin recodos y los besos de vinagre que laceran la piel de tus creyentes, danos la fatal caricia, la sordina, el ridículo poder de vivir bajo tus pies.

No nos dejes solos, sé nuestra luz, una luz hecha de tinieblas que guía por caminos sin rumbo, por enredados pasadizos del fervor, de la pasión… guarda nuestras esperanzas entre tus diez conchas de mar báltico, vigila nuestros sueños entre tus dientes de perla, protege las ánimas cándidas y sácalas de su ignorancia, aproxímate a tu pueblo, a tus hijos y amantes, dótanos de una vida corta y llena, de dolor, de maldad y de oscuridad, permitenos estar bajo tu lecho, poblar el mundo frívolo de tus manos y tus mejillas repletas de augustos alambres, de enjambres y aguijones que merman y corrompen la sangre de los fervorosos.

Virgen de los erizos, sagrada señora de largas púas, de violenta quietud, únete a nosotros en el rezo, hagamos el ritual, sangra mi vida, hiere mi carne, entierra las espinas sobre mi caparazón, poderosa santa patrona, ruega junto a nosotros, ruega por ti y tu poder, pues cuando el sacrificio termine y la sangre derramada limpie nuestros ojos, y la rabia contenida sea expuesta, y los temblores finales azoten las jóvenes perlas de luz… entonces y sólo entonces, te daremos la espalda.

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