Un post que llega tarde

Obtenida de: swotti.com

Gabriel García Márquez ha sido un nombre que, en mi imaginario literario, me ha acompañado desde siempre. No es mi autor favorito, tampoco le guardo la gran veneración que muchos “fans” le profesan, me parece un gran escritor y narrador al que he ido descubriendo poco a poco, pero desde que tengo memoria lectora (es decir, desde que leí Harry Potter), un libro había estado rondando en mi cabeza, como una de esas molestas moscas que no lo dejan a uno en paz: Cien años de soledad. El libro favorito de mi madre. El libro que la primera vez que intenté leerlo, a eso de los 11 años me pareció de lo más incomprensible. Recuerdo haber preguntado con harta preocupación “¿¡Pero por qué revive Melquiades?!” y eso que era apenas la primera vez que el sabio gitano volvía del inframundo. Ese fue el primer intento. Menos de 50 páginas.

Algunas veces más trataría de leerlo con resultados semejantes, sin embargo, con el pasar de otro tipo de lecturas fui comprendiendo un poco más acerca del libro. El problema con Cien años de soledad es que es tan imponente e importante, que cuando a uno le interesa es difícil no enterarse de la vida del autor, la relación Macondo-Aracataca, lo que es y no es el realismo mágico y el boom, entre otras cosas.

A los 13 años leí Crónica de una muerte anunciada, en un solo día por cierto… el día de mi cumpleaños. En fin, alrededor de los 15 llegó el turno de El amor en los tiempos del cólera, y le seguiría Memorias de mis putas tristes.  Entre los 17 y 18 años tocó La hojarasca. Y entre tanto el infame Cien años… continuaba añejándose. A la par fui descubriendo a Borges (que tiene su propia historia), Cortázar, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, pero esa novela un poco desbaratada con las pastas amarillas se me seguía resistiendo.

Hace aproximadamente dos años estuve sumamente cerca de conseguir mi objetivo, de saldar mi más antigua deuda literaria, alrededor de 90 páginas me separaron del punto final. Ya para ese entonces podía recitar de memoria el inicio (“Muchos años más tarde…”) y la conclusión (“Las estirpes condenadas”) del libro, pues mi curiosidad infantil me había hecho ver las últimas líneas de la novela aún sin comprender nada. En ese último intento fui auxiliado por la edición conmemorativa de la Academia de la Lengua Española, y el árbol genealógico que incluye. Por motivos que no entiendo, una vez más no terminé de leerla. Ese año, incluso resolvi un examen acerca de la novela en el que obtuve el 10… sin haberla concluido desde luego.

Finalmente, para coronar un año de muchas lecturas, me decidí a leerla por completo. El razonamiento principal fue: “Ya me eché Conversación en la catedral (una obra monumental de Vargas Llosa) no puede ser que no pueda aún con Cien años…” Tardé alrededor de cinco días (vacaciones), y fue la edición de Editorial Diana, la de pastas amarillas, la que no trae árbol genealógico atrás. Cuando llegué a la última página, en el momento en que Aureliano Babilonia está descifrando los manuscritos centenarios, yo temblaba de emoción. Lo había conseguido, por fin.

De poco sirve tratar de contar la historia, confirmo que García Márquez no es mi autor favorito pero su poder narrativo es increíble. Pocas novelas alcanzan a la vez tal profundidad en los personajes y una amplitud de la historia tan imponente. La gestación y desaparición de una estirpe, de un pueblo, de todos sus habitantes en una muerte física y mental. Las supersticiones, los amoríos, la infame compañía bananera (que tanto mal ha causado a América Latina), los gringos, los nativos, los gitanos, los vivos, los muertos… Todo en una novela que uno se va bebiendo de a poco.

Se cierra tan solo un capítulo más de mi propia novela, en la que el antagonista es Gabo y su novela maldita, la he regresado al librero con la seguridad de que, al re-leerlo, descubra aún más historias y significados. Pues como indica Calvino: “Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento.”

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Archivado bajo Vagamente literario, Vagamente poético

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