Archivo mensual: febrero 2011

Entre nosotros…

El celebre escritor, semiólogo y profesor italiano Umberto Eco, publicó en diciembre de 2010 su más reciente novela que lleva por nombre El Cementerio de Praga. En ella, Eco demuestra una vez más sus dotes de narrador consagrado e historiador, tejiendo una trama alrededor de un antipático personaje que sin quererlo habrá de repercutir en la configuración del pensamiento europeo de la primera mitad del siglo XX.

El Cementerio de Praga cuenta la historia del “capitán” Simone Simonini, un amante de la buena cocina y misógino por naturaleza, dedicado a falsificar documentos e incluso a traficar con hostias consagradas… en su tiempo libre. En realidad el libro nos narra las peripecias de Simonini desde que era niño, cómo fue desarrollando un odio hacia los masones, los jesuitas, los sacerdotes, los judíos y en general hacia todo aquello que no fuera la alta cocina; que lo llevaría a encarnar papeles de capitán garibaldino, informante francés, falso revolucionario, e incluso de un abate con dudosa calidad moral.

 

El libro está escrito en forma del diario de Simonini, en el cual va tratando de recordar su pasado, entre las páginas notará también la presencia de su alter-ego el abate Dalla Piccola, el cual narra eventos de la vida de Simonini que éste no alcanza a recordar con claridad. Así mismo una tercera voz aparecerá a lo largo del libro en forma de narrador omnisciente, el cual será un interprete de los confusos pensamientos y garabatos que Simone Simonini y Dalla Piccola van redactando.

La novela toma su nombre de una historia que desarrolla el protagonista basado en novelas de autores como Alejandro Dumas. En él narra una reunión secreta de los rabinos más importantes del mundo en un cementerio judío de Praga, en la cual discuten acerca del control que los hijos de Israel deberán ejercer sobre el mundo y de cómo poco a poco los numerosos tentáculos del judaísmo irán tomando posesión de la economía, la religión y el poder a nivel mundial. Esta historia de la reunión secreta en el cementerio, estará presente a lo largo de todo el libro y Simonini la irá puliendo hasta que quede un documento tan fatalista, verosímil y escalofriante, que se tomará por verdadero, llegando incluso a servir de inspiración a Adolf Hitler.

Esta novela nos llevará a conocer no sólo la historia de un traidor entre traidores, sino la necesidad que han tenido de ellos los gobiernos y las instituciones a lo largo de la historia. Basada en hechos y personajes reales, Umberto Eco fusiona con maestría su erudición histórica, con la gran técnica narrativa que ya había demostrado en novelas como “El nombre de la rosa”, “Baudolino” o “La misteriosa llama de la reina Loana” para hacernos conocer a un personaje tan oscuro, acomplejado e inteligente, que funge como reflejo de los conspiradores y traidores mundiales e históricos; esa gente que no sólo existe en las novelas de misterio, ese tipo de personas que circulan diariamente entre nosotros.

 

 

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Como cada año…

Hoy la Ciudad de México fue testigo de uno de esos eventos que sólo ocurren una vez al año, y no, me veré amargado y no hablaré para nada de los Premios Oscar, ustedes disculparán, me refiero a la enorme cantidad de jóvenes y otros ya no tan jóvenes que se desplazaron, desde distintos estados de la República Mexicana o de diversos sectores del D.Fectuoso para acudir al examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México… La UNAM para mayores referencias.

Y entre las grandes filas de gente y los padres esperando a sus hijos, y los conductores desesperados, etc. No pude menos que notar la gran falta de organización que aqueja a nuestra querida ciudad.

Los reclamos anuales contra la UNAM ya vendrán después, que si no hay plazas, que si es al azar, que si los de las prepas públicas ocupan lugares de otros que si quieren estudiar… en fin, quejas válidas pero que en su momento deben ser matizadas.

Sin embargo debo insistir en lo que encontré más sorprendente. Tomando en cuenta los miles y miles de alumnos que se desplazaron hoy en día a diferentes horas por todo el Distrito Federal, tomando en cuenta que no es un Domingo de tráfico normal y que muchísimos jóvenes de provincia apenas tienen tiempo o recursos para poder venir a hacer el examen. ¿No sería posible sólo por una vez en TODO el año que el gobierno de Distrito Federal diera prioridad y fluidez a la circulación vehicular?

Ni siquiera pretendo alzar la voz o la pluma contra el indignante tráfico de la capital, el cual hacemos y sufrimos todos; cada uno de nosotros contribuye un poco a ese tráfico acentuado por las pésimas planeaciones viales. Pero me parece un desacierto total que en un día donde tantas familias angustiadas por llegar a tiempo a las sedes de los exámenes, no se pueda hacer algo por aminorar la carga vehicular en algunas de las principales arterias del país.

Es decir, las bicicletas por el centro o por cualquier parte de la ciudad son una excelente idea, parte de una cultura que espero poco a poco vayamos aprendiendo. Pero estoy casi seguro que hubiera sido de gran ayuda que hoy se hubiera suspendido este programa. Así como los diferentes maratones, eventos, manifestaciones, etc. Que involucraran cerrar calles o avenidas principales (Como fue el caso de Churubusco)

Vamos que no es tan difícil, es un día al año, es sólo sacrificar un Domingo en pro de todas aquellas familias que lo único que desean es acompañar o sólo ir y dejar a su hijo en una universidad donde hará su examen para la educación superior.

Y aunque estoy seguro que muchos de los aspirantes se trasladaron en transporte público, creo que hay un número significativo de vehículos que buscan llegar a tiempo a su destino en este particular Domingo de febrero.

Ojalá que con el tiempo nuestra cultura vial incremente y se forje al grado, de que las autoridades no tengan que intervenir para asegurar una circulación rápida y segura. Pero por mientras, sería importante tomar en cuenta que como cada año, hoy no fue un domingo cualquiera, y se debe pensar por adelantado, en estos espinosos días de complicaciones al volante.

JP

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Cantidad y Calidad

México es un país plagado de ironías de todo tipo; de identidad, de ideología, de gobierno y hasta de cultura. El mexicano parece ser en todo momento un alma  risueña y picaresca en este extraño país que es la tierra del “Sí pero no”.  Sin embargo el reciente nombramiento de la periodista y novelista mexicana Elena Poniatowska como ganadora del premio Biblioteca Breve de Novela 2011 no hace sino confirmar una tremenda ironía cien por ciento hecha en México: Leemos poco y mal pero escribimos mucho y bien.

Las estadísticas obtenidas de la UNESCO y la OCDE colocan a México en el lugar 107 de 108 evaluados en cuanto a hábitos de lectura; entre otras cosas este estudio señala que el mexicano promedio lee 2.8 libros al año y más del 40% de la población no ha entrado jamás a una biblioteca. Datos a todas luces alarmantes tomando en cuenta las numerosas campañas a favor de la lectura que año con año circulan por el territorio nacional.

Claro, lo anterior no es de extrañar tomando en cuenta que de 106 millones de mexicanos, más del 40% vive en condiciones de pobreza de algún tipo (alimentaria, patrimonial o de capacidades) además del bajo número de inscripciones anuales a la educación media superior. Pero viendo más allá de las estadísticas una cosa es clara: Al mexicano no le gusta leer.

Y sin embargo el reconocimiento de una escritora mexicana como Poniatowska, por parte de la editorial Seix Barral con el Premio Biblioteca Breve por su libro Leonora, añade una condecoración más al amplio cuadro de plumas mexicanas laureadas por distintas asociaciones a nivel mundial.

Veamos si no: México tiene un Premio Nobel de literatura (Octavio Paz); cuatro escritores mexicanos han ganado el Premio Miguel de Cervantes (igual que Argentina y sólo superado por España); incluyendo a Elena Poniatowska cuatro mexicanos han obtenido el Premio Biblioteca Breve; Poniatowska y Xavier Velasco fueron reconocidos con el Premio Alfaguara de Novela en 2001 y 2003 respectivamente, y la lista sigue y es larga.

No podemos sino admirar la notable cantidad de reconocimientos que las letras mexicanas han obtenido a lo largo de su historia, además de la enorme producción literaria de jóvenes narradores que día con día buscan hacerse un sitio entre las librerías del país.

Así pues nos encontramos ante algunas preguntas incómodas: ¿Por qué habiendo tantos escritores mexicanos de alta calidad, el mexicano promedio no lee? ¿Será que dedicarse a la literatura en México no es mas que un “lujo solipsista” como diría Mario Vargas Llosa? ¿Acaso nuestra educación familiar y escolar no nos infunde un amor por las historias y los libros?  Porque es cierto que un esfuerzo como la reciente campaña de lectura “Diviértete Leyendo” puede tener toda la buena intención del mundo, pero sin una transformación de costumbres y hábitos por parte de la sociedad, es en el mejor de los casos, poco productiva. Parece ser que el verdadero cambio debe provenir del seno de las familias mexicanas.

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