Archivo mensual: enero 2011

Pequeña para-joda literaria…

Decir que siempre he pensado que no hay mejor lugar para charlar de literatura o existencia, que la cafetería “El Mayor”, sobre la librería Porrua en el Centro Histórico, sería a todas luces una mentira; pues el concepto de siempre se escapa de mi comprensión, más cuando tengo, como en estos momentos, la severa duda de qué es el ahora.

Todo empezó una tarde de febrero, omitiremos el año, pues notarán que el tiempo es más relativo que las interpretaciones poéticas. Así pues, se encontraba su disperso narrador, charlando acerca de las nuevas tendencias y jóvenes plumas que se gestaban a lo largo y ancho del país con la maravillosa Fernanda Martín, reconocida filóloga y sobretodo gran amante de las vanguardias (lo que sea que entiendan por vanguardias). Así la conversación había discurrido amenamente y en aparente concilio; los cafés seguían corriendo y nunca pensé que las cosas pudieran salirse así tan de pronto, de control.

En cierto punto de nuestro tranquilo y poco relevante debate, Fernanda insinuó la posibilidad de crear a un personaje ucrónico de manera espontánea, le respondí que era imposible, pues los personajes (ucrónicos o no) eran seres con personalidades definidas, personas dentro de un universo paralelo en el que nosotros (los escritores o intento de) éramos dioses de calibre poco calculado.

Fernanda insistió, argumentando que había asistido en Alemania, a un congreso, el reputadísimo “Alto Consejo Alemán de Artes Ucrónicas” (huelga decir que no existe), y había sido testigo de la última maravilla tecnológica del ingenio teutón: Una computadora capaz de crear historias. Aunque a primera vista el hecho me pareció poco impresionante, fui cayendo en la cuenta de que la facultad de contar, inventar y redactar historias había sido exclusivamente un privilegio humano hasta ahora. Los seres fantásticos, poco convencionales o incluso simplones que habían sido forjados desde Homero y Virgilio hasta nuestros amigos del crack; habían permanecido guardados en sendas cárceles hechas de papel y tinta, los libros habían sabido resguardar las perversas imaginaciones que tantos escritores, periodistas e incluso estudiantes, idearon en sus ratos de ocio e inspiración.

Es bien sabido que la mente humana no puede recordar todo lo que piensa o se le aparece, es por esto que a pesar de haber creado algún personaje en nuestra cabeza seguramente fue perdiendo fuerza con el paso de los días, a menos claro que lo hayamos escrito y descrito, en cuyo caso nuestro monstruo pasaría al sagrado resguardo de los formatos archivadores que acompañan al hombre en su andar por la vida.

Sin embargo, la posibilidad de que una maquina estuviera dispuesta a inventar no sólo personajes, sino situaciones y mundos ucrónicos, y archivarlos, dejarlos madurar e incluso después convertirlos a formato .REAL se me antojaba una tarea a la par peligrosa que borgeana.

– Y no te imaginas que tan peligrosa- comentó Fernanda- Una maquina con ese poder sería capaz, con unas cuantas indicaciones de crear vidas propias, recuerdos falsos, valores utópicos; podría en el momento en que le viniera en gana, producir una persona común y corriente; incluso vestirla como un ser normal y exhibirlo ante la realidad; ¿Te imaginas EXP 1, puedes siquiera vislumbrar ese poder?

– ¿Por qué me has llamado EXP 1? Ese no es mi nombre

– Entonces dime ¿Cuál es?

– Pues, verás yo… yo soy, yo me llamo…

– ¿De veras no lo has notado cierto? Esta maquina ucrónica sería capaz de insertar a un determinado ser humano en el contexto que quisiera, podría otorgarle no sólo los datos o la información, sino el sentido común, la posibilidad de razonar por el mismo sin que se diera cuenta de la paradoja en la que incurre al existir y pensar que existe. Necesitaban una voluntaria, ¿Por qué no una indefensa filóloga cuyo objetivo siempre ha sido encontrar a un verdadero ser único; a un ucrónico y utópico crítico de literatura sin pasado ni porvenir, para tomarse una taza de café sobre la librería Porrua, en el Centro Histórico? Para después hacerlo desaparecer o torturarlo a través de comandos sencillos, por ejemplo; podría darte el tiempo para escribir esta historia y convencerte de que existes, tal vez los párrafos que escribas después de que yo desaparezca serán el único legado que dejes. Lo  amable del asunto es que tus líneas perduraran tanto en tu mundo como en el real, que en este momento son idénticos pero en cuanto yo me vaya, me esfume, entonces te darás cuenta de lo poderosa que es en verdad este nuevo ser escritor.

Así como lo dijo, desapareció. De su presencia tan sólo quedó un perfume como a libro nuevo, rondando en el aire, tan pronto recuperé un poco la razón, decidí escribir este relato sin estar seguro de lo que soy, tal vez sólo un producto fantasioso, creado por una literata de segunda que nunca fue tan buena como para escribir un libro sobre mí y tuvo que dejarle tamaña tarea a una computadora alemana, aunque si lo que me dijo es cierto y este invento es capaz de crear seres y mundos paralelos, entonces cada uno de estos entes imaginarios es capaz de crear y materializar miles de infinitos más. A pesar de mi profundo desasosiego y la calma reflexiva que me invade en estos momentos, aún escucho mi propia voz perdida en un eco infinito gritando: ¡FERNANDA!

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Vagamente artístico, Vagamente filosófico, Vagamente literario

Liberación

Con el paso de los años y los cócteles “literarios”, Juan Ignacio Medina había perfeccionado la fórmula para ser un inútil y poder vivir con ello. Si bien era cierto que ahora gozaba de un prestigio entre la traicionera fauna intelectual mexicana, no era menos verdadero que su capacidad para escribir había ido decayendo hasta el grado de estar, como ahora, sentado frente a una pantalla completamente en blanco sin una sola idea que le cruzara por la cabeza.

Todo había comenzado hacía nueve años cuando se le otorgó el premio “Estrella de Occidente”, patrocinado por el Fondo de Cultura Económica; por su novela breve: “El orgullo del boxeador”, un libro de apenas 120 páginas que narraba las dificultades de un estudiante para ingresar a la educación universitaria pública.

En aquel entonces, Juan era parte de los jóvenes escritores que recogían las migajas que iban quedando del boom y las fusionaban con una protesta social más directa, cruenta y sobre todo mexicana. Jóvenes que pretendían vivir como escribían, al más puro estilo rayuelesco de Cortázar; es decir entre la miseria y la literatura, lo experimental y lo narrativo; aunque quitándole los párrafos en cualquier idioma que no fuera “su” español, un español ambiguo y que destilaba protesta.

Juan Ignacio vivía aquellos años de prosa incendiaria mezclada con alcoholismo en un modesto departamento de la colonia Doctores, en pleno Distrito Federal. Sus amigos y él (estudiantes de poca solvencia económica) pasaban largas tardes de ocio discutiendo sobre lo que ellos creían era la cultura y política mexicanas. Formaban un compacto grupo de veinteañeros, excepto “El Pater” que rozaba ya la cuarentena, que compartían el amor por los libros, el inconformismo social y los panfletos políticos.

Sin embargo Medina no tardó en despuntar; mandaba sus cuentos y ensayos a cuanto concurso podía, y se soñaba publicado y reconocido algún día, sueño que sus compañeros de letras no compartían en absoluto pues lo consideraban “La rendición de los ideales frente a la comercialización de la cultura”.

El mes de octubre de 1987 le llevó a Juan Ignacio una carta del Fondo de Cultura Económica, en la que lo felicitaban por su novela “El orgullo del boxeador”, que había escrito hacía más de dos años y la había mandado al concurso por no dejar; y lo nombraban ganador del premio “Estrella de Occidente” otorgándole un reconocimiento de cinco mil pesos y la publicación de su novela en formato económico con un tiraje de mil quinientas copias.

La publicación de su texto lo indujo en una espiral de eventos que no lograba recordar plenamente; el recibimiento del premio, las primeras invitaciones a veladas culturales, la publicación de un libro de cuentos que llevaba por nombre “Que no se muera Zapata”, el reconocimiento a nivel nacional, los roces con prestigiosos escritores, su columna en “La Jornada”, la mudanza de la Doctores a la Condesa (aunque nunca se decidió a venderlo) y un sinfín de charlas, cócteles y mesas redondas que habían terminado por abrumarlo.

A los 33 años publicó un tercer libro: “Las verdades escupidas” que le valió su estadía entre la crema y nata de la cultura mexicana, sin embargo había un problema. “Las verdades escupidas” era una novela que él había escrito 6 años atrás, en su departamento de la Doctores, era el último libro decente que aún no había expuesto; todos sus cuentos, ensayos, poemas y mini-ficciones habían sido ya publicados en antologías, recopilaciones, periódicos o revistas culturales, que le pedían constantemente alguna colaboración por su “Irrespetuoso tuteo con el poder” o la “Incansable capacidad crítica” que poseía.

Poco a poco comenzó a despertar de su sueño y se dio cuenta que desde la publicación de su primer libro no había escrito absolutamente nada, todo era reciclado y lo peor… no había tenido ni una sola idea original, ni un argumento de peso, ni siquiera un soneto medianamente en forma.

Consumido por su esnobismo Juan se había dedicado a disfrutar de la fama y el poco dinero que sus publicaciones y su columna le dejaban; al no tener nada de qué quejarse había perdido los temas, al no vivir en la marginalidad había perdido la pasión, al aceptar la verborrea lisonjera de sus allegados se había transformado en un monstruoso pequeño burgués cultural.

Ahora, sentado frente a su computadora en blanco, Juan Ignacio Medina trataba de recuperar aquellos años de inconformismo y pobreza, necesitaba sus viejas fuerzas de joven socialista para escribir. La desesperación lo iba invadiendo mientras escuchaba el segundero del reloj de muñeca. Los parpados le pesaban y para distraerse decidió salir a dar una vuelta por las frías calles de la capital.

Prefirió tomar el metro en lugar de su carro y puso rumbo hacia sus antiguos dominios; se sentía cómodo en aquel anonimato que el transporte público le otorgaba, estar codo con codo una vez más con la población chilanga lo reanimó. Se bajó en la estación “Salto del Agua” y caminó por oscuras calles de la Ciudad de México. Rodeado por tugurios, bares de poca monta y numerosos cuerpos femeninos de flácidas carnes, que ofrecían placer al mejor postor, Juan Ignacio se entristeció por la sórdida vida de aquellos que llegaron a ser sus rumbos diarios, rumbos que él veía bohemios y no decadentes, calles románticas en vez de grises, bohemios en lugar de vagos.

Absorbido por la atmosfera de vicio que envolvía todo a su alrededor, Ignacio decidió entrar en un bar que le daba mala espina desde el nombre: “El jugador”. Algunas cuantas sillas desvencijadas y una barra polvorienta era todo lo que adornaba el lugar; hombres inmersos en partidas de dominó o tirados sobre la mesa poblaban aquel desangelado antro.

Se acercó a la barra y pidió una cuba, una simple cuba, alcohol y coca-cola; no recordaba la última vez que se tomaba una sin nadie viéndolo o midiéndole los pasos, en las reuniones intelectuales a las que asistía cada movimiento en falso podía ser una ofensa y cada acierto significaba una crítica favorable en algún diario, así funcionaba la mentada cultura mexicana, igualito a la política.

Se bebió la cuba como agua y pidió otra de inmediato, llevaba todo su dinero y podía financiar su embriaguez, una tercera cuba y ya le retornaban los recuerdos juveniles y las parrandas interminables; para la sexta se sentía seguro y con dos tequilas derechos su confianza en sí mismo se afianzó completamente, pagó la cuenta y dejó doscientos pesos de propina.

Salió dando tumbos hacia un aire helado que por poco lo tira en plena acera pero no cedió, haciendo acopio de fuerzas se dirigió hacia un table dance que le hacía un guiño desde la esquina contraria. El alcohol siguió corriendo por su organismo y la liberación se acrecentaba con cada trago, ahora en plena inconsciencia ya no recordaba sus temores, ya no se tenía lástima, sentía que había estado viviendo falazmente y se arrepentía por sus pecados de vanidad; para su mala suerte la lucidez lo había golpeado en el momento en que llegaba otra botella de Bacardi blanco y se veía arrastrado por una stripper a un cuarto privado.

Cuando logró salir del tugurio lo hizo arrastrando a una puta y apenas manteniéndose en pie, con la botella aún en la mano gritaba a todo pulmón “¡Soy el escritor más chingón de México! ¿Me oyen? ¡Me la pela Fuentes y sus arrimados!” Seguido de una sarta de improperios que rompían el sepulcral silencio de la madrugada.

Su acompañante y él se dirigieron como pudieron al apartamento de la Doctores del cual aún conservaba la llave, entraron a un espacio pútrido y repleto de alimañas que no notaron a causa del alcohol. Arrastrándose llegaron hasta un sillón mullido y asqueroso donde se dedicaron a coger durante lo que les parecieron horas, que no habrían de ser más de veinte minutos.

La luz del mediodía los sorprendió desnudo, solo y lleno de piquetes de mosquitos y arañas; la que había sido su casa durante tanto tiempo no eran más que cuatro paredes y un techo, colmados de humedad e insectos, los muebles que había dejado habían sido devorados lentamente por las hormigas y termitas que reptaban por todo el lugar. El alcohol le causaba estragos en la cabeza y el estomago, su hígado pedía clemencia y sus ojos no soportaban la luz que entraba por la ventana.

Había mandado toda su civilización al carajo, todo lo aprendido en sus años de refinamiento cultural acababa de ser barrido por cubas libres y recuerdos de juventud. El dolor en las sienes le resultaba terrible y comprobó con preocupación que sus músculos estaban engarrotados y pesados. Hacía años que no se emborrachaba así, tenía al menos nueve años que no perdía el conocimiento de aquella manera.

En medio de la cruda moral y física que se había apoderado de sus sentidos logró sacar dos cosas en claro: La primera, jamás en su vida se había sentido tan miserable; la segunda, nunca (ni siquiera en sus tiempos de estudiante) se le había ocurrido una idea tan grande y poderosa, como la que empezaba a gestarse en su turbia mente de escritor.

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente artístico, Vagamente filosófico, Vagamente literario

Imaginario de literatura III: “Ensayo sobre la ceguera”

Supongamos, pongamos, digamos… que te encuentras conduciendo tu auto por las calles de una ciudad sin nombre, digamos que es el DFectuoso o cualquier ciudad del mundo, el único requisito es que existan los semáforos. Cuando llegas a uno y contemplas la luz roja esperando “el siga”; de repente… dejas de ver; no, no es como si hubieras cerrado los ojos, no es una ceguera negra y hasta cierto punto común. Simplemente tus ojos han sido cubiertos con una capa lechosa, te encuentras atrapado en un mundo de blancura inexplicable y nadie te puede ayudar.

Poco a poco te iras dando cuenta, de que no eres al único que le ha sucedido esto, pronto toda la ciudad estará llena de ciegos en busca de refugio o comida, antes de que te lo imagines todo le país, desde los mendigos hasta el presidente, estarán sumidos en este mundo “de tinieblas”, en un infierno blanco.

Como con cualquier pandemia, la ceguera se intentará controlar apartando a los enfermos, encerrándolos en manicomios, primero aventándoles comida y después dejando que se mueran solos. Poco a poco la situación global se tornará tan grave que habrá multitudes de ciegos buscando algo de comer o de beber, en este ucrónico mundo de diabólica claridad.

Al principio pensarás que es temporal, que es un castigo divino, pero caerás en la cuenta de que todo el mundo se está quedando ciego, absolutamente todos, excepto la esposa de tu oculista. Milagrosamente esta mujer decide ayudarte a ti, a su marido y a un grupo muy reducido de personas a escapar de los horrores de la ceguera y a tratar de sobrevivir en esa jungla de mundo.

Ésta es la aventura que narra el escritor y Premo Nobel portugués José Saramago, en su libro “Ensayo sobre la ceguera”, uno de esos libros que uno devora con ansiedad y simplemente no desea que acaben. Saramago (Fallecido en 2010) narra con humor, cinismo y critica, las peripecias de un grupo de ciegos en una situación extrema. Situación en la cual brota lo mejor y lo peor de las personas, en donde el alma humana se divide entre el amor y el odio hacia sus semejantes. Una historia decadente y pesimista en la cual brota un rayo de esperanza en forma de mujer. Una pequeña luz que nos dice que AÚN existen en el mundo, gente capaz de sacrificarse por sus semejantes, por sus hermanos, por amor a las personas…

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente literario

El soñador soñado

Resumen de la conferencia La pesadilla de Jorge Luis Borges

En el año de mil novecientos setenta y siete  el escritor argentino Jorge Luis Borges compartió parte de sus profundos conocimientos en distintas ramas de la literatura, la vida y las creencias del hombre, en el teatro Coliseo de Buenos Aires. Frente a un público maravillado de poder escuchar al cuentista y poeta de setenta y ocho años, Borges ofreció siete conferencias que fueron grabadas y la última titulada La ceguera, incluso fue filmada. Los textos de las mismas están recopilados en el libro Siete Noches.

Una de estas conferencias realizadas entre los meses de junio y agosto llevó por nombre: La pesadilla. En ella, Jorge Luis Borges ahonda en la significación de la palabra y en los contextos en los que las pesadillas se desarrollan, pasando desde el ámbito psicológico hasta literario.

Borges comienza la conferencia hablando de los sueños, pues en su opinión “Los sueños son el género, la pesadilla, la especie” y comenta acerca de sus curiosas indagaciones en libros de psicología para tratar de comprender más este fenómeno. El célebre cuentista argentino admite estar en desacuerdo con la mayoría de los psicólogos que afirman que el sueño es la parte de más baja actividad mental; Borges cree que en realidad la capacidad cerebral para crear situaciones sorprendentes y sumamente detalladas, que a su vez hagan sentido en la mente del soñador a pesar de las incoherencias presentes en el sueño, es clara prueba de la alta actividad de la mente (Borges le llama alma) humana durante el mismo.

El escritor también opina que en realidad los sueños son un acto de estetización, pues cuando soñamos, somos actores, directores y espectadores… dioses de nuestra propia eternidad temporal; y que la fantasía y estetización continúa aún al despertar, pues la costumbre narrativa del hombre lo lleva a proponer una historia para su sueño cuando en realidad no existe. Todo lo soñado no son más que imágenes independientes. Borges lo ejemplifica de la siguiente manera: “Vamos a suponer que yo sueño con un hombre, simplemente la imagen de un hombre (se trata de un sueño muy pobre) y luego, inmediatamente sueño la imagen de un árbol. Al despertarme puedo dar a ese sueño una complejidad que no le pertenece: puedo pensar que he soñado un hombre que se convierte en árbol, que era un árbol. Modifico los hechos, ya estoy fabulando”.  (Borges, 38)

En cuanto al significado de la palabra “Pesadilla”, Jorge Luis Borges retoma los idiomas inglés, alemán, francés y español para ofrecer una definición más bien mística, pues en la mayoría de las culturas se piensa (al menos etimológicamente hablando) que un espíritu o demonio es el causante del malestar en los sueños y provoca las pesadillas que nos acompañan en innumerables noches durante nuestra vida.

Borges prosigue ejemplificando distintas pesadillas y sueños en la literatura a la par que expone desde su experiencia personal; contando que existe la posibilidad de una confusión entre vigilia y sueño en culturas salvajes y también en los niños pequeños, como es el caso de un sobrino que él tenía.

Así que retomando las palabras de grandes autores de la literatura y su propia opinión Borges formula que la realidad puede ser inestable y cuestionable. “¿He soñado mi vida o fue un sueño?” cita Borges  al poeta austriaco Walter von der Vogelweide o al mismo Pedro Calderón de la Barca: “La vida es sueño” e incluso Shakespeare “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, para hacer aún más confusa la línea entre lo real y lo soñado.

También nos cuenta que en ocasiones, el sueño más simple puede tornarse terrorífico al no tener explicación. Existen en el mundo cosas que comprendemos, las cuales pueden ser terroríficas mas nunca nos generan aquel sentimiento de irrealidad y pesadilla que nos confieren las situaciones inexplicables y sin sentido en las que a veces nos vemos inmersos al soñar. Éste es el verdadero carácter de una pesadilla, no visitar los tortuosos nueve círculos del infierno, sino acudir al castillo donde las grandes mentes sin bautizar tienen que morar por toda la eternidad, ejemplo que retoma Borges de una “pesadilla real” de Dante Alighieri:

“Allí están las grandes sombras de los paganos, de los musulmanes también, todos hablan lenta y suavemente, tiene rostros de gran autoridad, pero están privados de Dios. Así está la ausencia de Dios, ellos saben que están a ese eterno castillo, a ese castillo eterno y decoroso, pero terrible” (Borges, 50)

Parte de este terror inexplicable e inexplicado de las pesadillas son las sensaciones. En las pesadillas “Lo importante, como Coleridge descubrió, es la impresión que producen los sueños. Las imágenes son lo de menos, son efectos”. (Borges, 45). Borges nos describe distintas pesadillas donde los sentimientos de angustia, de infinitud, de soledad son los más abrumadores. Pesadillas en dónde no es necesaria la sangre o la tortura para hacernos querer despertar. Pesadillas de infinitos, de desesperación y sin salida.

Jorge Luis Borges recuerda que sus pesadillas siempre versan sobre laberintos y espejos, principalmente con una imagen del laberinto del Minotauro que vio de niño; en ella, casi se podía observar al monstruo con cabeza de toro a través de las fracturas en las paredes de la laberíntica construcción. También mantiene que en sus pesadillas se adivina una geografía perfecta, un bizarro sistema de localización; así, Borges puede soñarse en medio de una selva y reconocer con precisión las calles y esquinas de Buenos Aires.

En sus conclusiones finales, Borges señala que el sueño es la expresión estética más antigua que toma una forma “extrañamente dramática”. A su vez, el escritor argentino sintetiza que: Las pesadillas tienen un sabor distinto a todo lo existente, ese horror sobrenatural e inexplicable; pues puede que las pesadillas sean pequeñas rendijas en el laberinto de la realidad, a través de las cuales observamos el infierno.

Bibliografía:

Borges, Jorge Luis. Siete noches. México: Fondo de Cultura Económica, 1980.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente artístico, Vagamente literario, Vagamente poético

Imaginario de literatura II: “Los detectives salvajes”

Supongamos por um momento que eres un estudiante de literatura, un aficionado de talleres de poesía, un soñador como cualquier joven estudiante. Digamos también que te han invitado a formar parte de un movimiento poético que no sabes bien a bien si existe: El real visceralismo. Pongamos que aceptar y que poco a poco te van llamando menos la atención tus estudios, y le vas agarrando el gusto a tomar café con leche en Bucarelli y a escribir poemas de vampirismo.

De pronto te ves metido en un embrollo de los grandes, entre líos de faldas, libros de poesía y amores imposibles; abordas un auto viejo y huyes de la Ciudad de México, junto con los poetas Arturo Belano y Ulises Lima; a buscar a la fundadora del original Realismo Visceral…

Este es sólo el principio de aventuras tan humanas e impredecibles que narra el escritor chileno Roberto Bolaño, en su libro: Los detectives salvajes. Bolaño nos cuenta la infatigable travesía de los poetas real visceralistas, en busca de Cesárea Tinajero, así como su huída de México y el largo peregrinar, que los lleva a vivir en ciudades tan dispares como Barcelona, Tijuana, Tel Aviv, entre muchas otras.

Bolaño, con una prosa ágil y por medio de supuestas “entrevistas” va tejiendo una enorme trama de pasiones, literatura, desamores, amistad y trabajo.

Los detectives salvajes, es un gran libro para aquel que gusta de leer sobre escritores. Creador y destructor de arquetipos, Bolaño nos lleva a conocer a fondo a sus personajes para después, sorprendernos más con cada paso que dan. Sin duda es una historia llena de enredos que nos muestra, que la vida es una aventura, para aquello que se atreven a ponerse en su camino.

“He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación, mejor así.” (Los detectives salvajes, p. 13).

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente literario

Imaginario de literatura I: “El nombre de la rosa”

Imagina por un momento (pésima manera de comenzar una reseña) que te encuentras en una abadía al norte de Italia, por los años 1300´s de Nuestro Señor. El recinto se compone de antiguos e imponentes edificios, construidos según la numerologia católica. Durante tu estancia en esa abadía escuchas pláticas y exposiciones de distintas clases de monjes acerca de temas muy diversos; como la risa, el saber, los juegos de palabras, la pobreza de Jesucristo, las herejías, la fe extrema, entre muchos otros.

Poco a poco te das cuenta de que una institución aparentemente unida como la iglesia, tiene más divisiones y problemas que la política… eso cuando no se mezclan. El papa no habita en Roma sino en Aviñón, y el emperador Ludovico le ha declarado la guerra. La orden franciscana a la que pertenece tu maestro Guillermo de Baskerville (pues te das cuenta que también eres un monje), está enzarzada en discusiones poco fructíferas con el papado, pidiendo que se respete su voto de pobreza y que no se les trate como herejes.

Para mejorar aún más el panorama, en la abadía benedictina donde te encuentras se han estado cometiendo varios asesinatos de hermanos benedictinos siguiendo las profecías del Apocalipsis. Al parecer los asesinatos tienen que ver con un gran misterio encerrado en la biblioteca de la abadía (Una de las más grandes de toda la cristiandad) y con algunas costumbres “licenciosas” de los monjes…

Pues bien, estás en la situación de Adso de Melk. Un joven novicio que narra las investigaciones que él y su maestro, realizan en el famoso monasterio, mientras ambos van aprendiendo acerca de la iglesia, la naturaleza humana, la filosofía y la religión. Todo esto en el libro más famoso del escritor y comunicólogo italiano Umberto Eco: El nombre de la rosa.

Este libro es bastante más que una novela, es una discusión filosófica, un tratado sobre religión, una disertación capaz de hacer temblar la fe de cualquiera… Una enorme alabanza al conocimiento y la erudición.

Eco nos transporta a través de sus páginas a un mundo repleto de mística y misterio. Dónde las líneas entre lo correcto y lo reprobable, lo fanático y fervoroso se hacen tenues. Una abadía en donde pareciera que el fin justifica a los medios. Todos están dispuestos a matar y a morir por culpa de un libro prohibido.

El nombre de la rosa, es un excelente libro en muchos niveles, todo un clásico moderno que no sólo narra una aventura, sino que se indaga en los recovecos del alma humana, sus debilidades y creencias.

Llevada al cine con Sean Connery en el papel de Guillermo de Baskerville, sin duda El nombre de la rosa, es un libro que a uno le gustaría releer, no sólo como obra maestra, sino como un pequeño refugio de sabiduría.

“STAT ROSA PRISTINA NOMINE, NOMINA NUDA TENEMUS”

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente filosófico, Vagamente literario

“Libertas virorum fortium pectora acuit”

La cita es de la película “La lengua de las mariposas”  (España, 1999) y significa “La libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes”. En esta ocasión el post será un poco más político y su escritura será para mí un poco más ácida; para no perder la costumbre me basaré en una pregunta que ha rondado en mi mente las últimas horas, sin embargo, estoy seguro que más de uno se lo ha preguntado en los últimos años y es, sin temor a equivocarme, una duda que ha estado presente desde hace tiempo en la mente colectiva… ¿Qué es la libertad de expresión?

No cabe duda que vivimos en un mundo generado por y generador de comunicación, y por lo tanto de distintas formas, medios y variantes de expresión, algunas son masivas, otras locales y algunas, son simplemente personales. El poder de la palabra ha sido y seguirá siendo un arma de alto calibre en manos de quien sepa usarla, por eso me gustaría preguntar ¿Sabemos hacer uso correcto de nuestra libertad de expresión? ¿Realmente somos tan libres como algunos pensamos? ¿O estamos tan reprimidos como otros nos quisieran hacer creer? Qué comience el debate interno.

A veces la gente piensa y opina (por qué es libre de hacerlo) que la libertad de expresión consiste en poder burlarse de cualquiera, en tener el poder de emitir una opinión por más tendenciosa, irrespetuosa y carente de fundamento que ésta sea, con el lenguaje que mejor le parezca. Pa’ pronto, mucha gente cree que como ahora uno puede mentarle la madre al presidente vía Twitter, o podemos conocer las cifras “reales” de la lucha contra el narcotráfico, o cualquier payaso disfrazado de periodista puede decir lo que le venga en gana… ya somos libres.

Por una parte es innegable que antes era imposible desafiar o siquiera criticar a un poder como el gobierno, y sin duda el gran avance tecnológico es un factor de gran ayuda, mas la libertad no se gana con tecnología (Pregúntenle a los ciudadanos chinos) y ni siquiera un medio relativamente libre como el internet nos asegura poseer una libertad de expresión auténtica, simplemente por un hecho presente en la historia de la humanidad: Las ideas son poderosas y peligrosas.

No nos dejemos llevar por los numerosos noticieros, periodistas, opiniones, shows, etc. Que podamos encontrar en los medios masivos de comunicación, no somos libres por una sencilla razón: Cada vez nos importa menos el mundo. Y en este sentido el ser humano funciona en sentido inverso a la tecnología. Pues si bien el internet es un foro infinito de pro-sumidores (productores + consumidores) de contenido, cada vez nos interesa menos discutir del mundo, cada día creemos en lo que se nos dice sin chistar, o en el mejor de los casos, ejercemos esa supuesta garantía de expresión diciendo: “En otros tiempos, desaparecían periodistas por decir eso, ahora ya no”…valiente consuelo, claro, el gobierno ya no desaparece periodistas pero sí pueden matar a una activista política afuera del Palacio de Gobierno en Chihuahua. ¿Cómo ejercimos ese día nuestra libertad de expresión? “Twitteando” lo siguiente: Repudio al asesinato de Marisela Escobedo. A menos de un mes ¿Quién se acuerda?

No cabe duda que nadie quiere regresar a las épocas de cortes de transmisiones a medio programa, o desaparición de figuras publicas, a cuando Jacobo Zabludovsky recibía un fax con las noticias que podía anunciar. Sin embargo no creamos que han cambiado mucho las cosas, no caigamos en el tedioso pensamiento de que, porque Carlos Loret de Mola trata de “encajonar” y humillar a sus entrevistados estamos viviendo una época de apertura mediática y expresiva: No es cierto.

La libertad de expresión es tener una idea y poder llevarla a cabo, es poder defender una opinión en cualquier círculo o medio, es no tenerle miedo a las palabras: Asesinato, poder, gobernador, narcotraficante… Pero no tenerles miedo no significa tener que publicar diariamente la versión más amarga posible de una noticia. Sino poder analizar que se esconde detrás de esas palabras, libertad de expresión no es: Matan a diez en Ciudad Juárez. Libertad de expresión sería un reportaje de los sospechosos, los móviles, las circunstancias ¿Quién está dispuesto a jugarse la vida por este tipo de informes?… Cuando la respuesta sea: No es necesario arriesgar la vida. Creo que seremos realmente libres.

Creo que una de las razones que me llevó a comenzar este post es el tema de las votaciones, la última vez que hubo elecciones, se hizo famosa una campaña anti- voto en blanco. “Si no votas, cállate” Yo quiero preguntar ¿Por qué me voy a callar? ¿Por creer que ninguno de los candidatos ni partidos es lo que mi país necesita? ¿Por querer algo mejor? Es decir muchos ven las votaciones como una elección entre Guate-mala y Guate-peor. ¿Por qué no expresar nuestro repudio ante un sistema corrupto por medio del voto en blanco? Mejor aún, ¿Por qué no buscar más formas de expresarlo? Y claro lo ideal sería HACER algo para cambiarlo, pues de nada sirve nuestra libertad de expresión si nuestro derecho de actuar, pero en un país donde ya es difícil hablar, es aún más difícil actuar, vayamos paso a paso: Pensemos, expresemos, hagamos.

Creo que el periodismo se ha vuelto amarillista, los contenidos televisivos: imbéciles, salvo por algunos esfuerzos notables. La política deleznable y nuestra mente ociosa. Espero no haber abusado de mi derecho de escribir lo que se me de la gana en este blog para expresar ideas poco coherentes, poco fundamentadas o incluso de materias que no conozco a fondo. Sin embargo creo estar intentando ejercer mi derecho de, con palabras sinceras, mover un par de conciencias, o al menos, tratar de movilizar la mía. Me quedo con una frase que aparece en el discurso “El periodismo, el mejor oficio del mundo” de Gabriel García Márquez. Al ser preguntados sobre por qué estudian periodismo o comunicación un alumno respondió: Por qué mi deseo por informar, es mayor que mi deseo de ser informado. Meditemos juntos.

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Vagamente político