El ser alguien

Te despiertas una mañana con las sabanas pegadas al cuerpo por aquello del sudor veraniego, después de dar dos o tres vueltas, y tratar de convencerte de que lo único que necesitas para retornar a las espesas olas de sueño es cerrar los ojos, te das cuenta de que es en vano y te levantas con pies inseguros. Sabes donde se localiza cada objeto de tu habitación, el buró, la silla, tu escritorio de escritor; aún así notas que con la luz apagada y sin tus lentes te sientes fuera de lugar; no sabes durante cuantos años has dormido en el mismo lugar, en la misma cama rodeado de las mismas cosas, y aún así sabes que son años y sabes también que podrías calcular aproximadamente los pasos hasta la puerta sin tropezar, pero prefieres, sólo por esta madrugada, volver a sentarte en la cama y pensar; en pocos minutos te darás cuenta de que fue un error, pero en ese momento no lo sabes; si lo supieras no te quedarías en tu cuarto y saldrías disparado a la cocina por un vaso de agua y retornarías sin mayor problema a tu habitación, sólo para darte cuenta de que la luz y los lentes son artificios innecesarios después de tantos años de recorrer el mismo piso de la misma casa. El problema es que no lo sabes.

Así pues comenzarás a pensar que al día siguiente es Lunes y que tienes ya lista tu columna para el periódico, al mismo tiempo piensas que la novela que estás preparando ha superado ese bache que tanto te molestaba y revisas tu corto pero eficaz imaginario de ideas, piensas que aún quedan muchas variantes para ser explotadas y que tal vez mañana o el día después escribirás un cuento que fascine a los lectores de la revista en donde publicas de vez en cuando. No es el cuento que siempre has querido escribir, pero finalmente te convences que es una buena historia, ligera e ingeniosa, que cualquier lector promedio entenderá.

Te levantarás con los ojos cerrados y con pasos vacilantes te acercarás al pequeño librero que tienes en tu habitación, pasarás las manos por las distintas pastas y encuadernaciones de los volúmenes que para ti tienen mayor valor, el tacto te dirá que están sucios, que tiene mucho tiempo que no los abres y que los conservas como trofeos, como ideas que nunca fueron tuyas pero te hubiera gustado que fueran, medallas que juntaste de cadáveres caídos en batalla y que fundiste para crear tu propio estilo. Sin embargo, te das cuenta de que ese estilo nunca ha sido tuyo.

Pensarás que primero fue de Chejov y de Carver, de Borges y de Sábato, incluso fue de Saramago y también perteneció a Rulfo. Poco a poco creíste haber borrado sus huellas, creíste haber ganado y pulido tu propia condecoración, pero nunca fue así. Una vez que encontraste esa prosa incendiaria, que decidiste cómo y sobre qué escribir, el día que descubriste que no hacía falta más que sentarse frente a una computadora para tratar de cambiar un mundo cada vez menos tuyo, también descubriste que nadie te leía, ni siquiera te publicaba.

Te creías con el talento necesario para brillar y caíste en ese juego en donde tantos mejores que tú han caído: Negociar, venderte, cambiarte. Así que decidiste ocultar un poco tu orgullo y tu prosa pasó a ser de Alfaguara, de Trillas, del Universal, de La Gaceta del Angel y por supuesto de todos los editores que te decían que eras bueno pero no había dinero para tanta experimentación; “O me escribes algo más tradicional y que venda o nadie te publica”, te dijeron. En aquel momento pensaste que sólo era temporal, que cuando tuvieras suficiente prestigio, retornarías a tu estilo inconforme y autentico. Por mientras era mejor adaptarse a lo que te pedían.

Con el tiempo viste que agradabas a los lectores, así que seguiste trabajando, mas no escribiendo; tus opiniones eran sinceras pero nunca alcanzaban el tono de inconformidad que te hubiera gustado, sabías que era peligroso y preferiste jugar a lo seguro, así que tus palabras ya no pertenecían a Borges, bueno ni siquiera a Fuentes, ahora la mayoría de tus oraciones eran de tus empleadores y la otra parte de tus lectores.

Te darás cuenta, en ese momento, de que lo único que creías que te pertenecía, no es tuyo y nunca lo fue. Pensarás que los únicos años en los que fuiste valiente fue en los que ibas rodando de periódico en periódico, con un montón de hojas mecanografiadas, presentándolas a todos los editores que te dijeron “O escribes algo…” y tú respondiste “Las ideas no se venden”. No sabrás cuanto tiempo tiene desde aquello, probablemente el mismo tiempo que tienes tú viviendo en esta casa, durmiendo en la misma cama, rodeado por los mismos muebles, que te hablan, casi te gritan, que ellos tampoco son tuyos.

Tratarás de volver a la cama, buscarás tu colchón para sentarte y no lo encontrarás, pensarás que si de cualquier forma, lo que más amas en tu vida, jamás fue cierto, entonces quién te asegura que tu vida misma no es igual de falsa.

Despertarás bañado en un sudor frío, cubierto tan sólo por una sábana vieja y tirado en un sillón mullido, serán casi las diez de la mañana y habrá un sobre justo en la entrada del departamento, un departamento que sabes que no es tuyo y no se parece en nada a la casa de tus sueños. Te acercarás al sobre y sabrás inmediatamente que es tu manuscrito, viene por supuesto, con una pequeña hoja engrapada que dice: “Lo siento muchacho, eres bueno pero no hay presupuesto para arriesgarse, ¿Por qué no escribes algo más comercialón y vienes a verme después”. Sonreirás, al menos de algo estás seguro: Te perteneces.

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Archivado bajo Vagamente filosófico, Vagamente literario

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